Más como Jesús: Santidad (4ª parte)

Octubre 18, 2016

Enviado por Peter Amsterdam

[More Like Jesus: Holiness (Part 4)]

En Santidad, partes 1-3, hemos visto que Dios es el modelo de bondad y santidad. Nos ha revelado Su voluntad moral por medio de la Biblia. Dicha voluntad, manifestada a través de la Escritura, es una expresión de Su carácter. Si deseamos asemejarnos más a Jesús, encaminaremos nuestros esfuerzos a vivir de un modo que sea expresión del carácter divino. Eso significa esmerarnos por que nuestros deseos, actitudes y acciones estén en sintonía con los principios divinos y con la orientación proporcionada en la Escritura.

Cuando —ya interior, ya exteriormente— contravenimos la voluntad moral de Dios, pecamos. Por desgracia, siendo seres humanos imperfectos luego de la caída, incurrimos en eso con bastante regularidad; y cuando lo hacemos, nuestro pecado afecta la relación que tenemos con nuestro amoroso Creador. Evidentemente que gracias al sufrimiento de Jesús y Su muerte en la cruz, se nos perdonan los pecados; sin embargo, eso no significa que el pecado no nos afecte. La salvación nos introdujo a la familia de Dios en calidad de hijos adoptivos. Haber sido adoptados y acogidos en Su familia nos otorga, en cierto sentido, el derecho legal o jurídico de ser miembros permanentes de Su familia y entrar al cielo. En todo caso, tener el derecho legal de llamar a Dios nuestro Padre no representa a cabalidad la amplitud de nuestra relación con Él.

Gracias a la expiación de nuestros pecados por medio de Cristo, obtenemos perdón jurídico. La salvación nos libró de la condenación eterna producto de nuestros pecados. Empero, hay otra faceta del perdón, que podríamos llamar relacional o paternal. Dios no solo es nuestro padre en sentido legal sino también relacional. Eso quiere decir que aunque nuestra situación legal con respecto a Dios no cambia cuando pecamos, sí altera nuestra relación con Él. El escritor John F. MacArthur[1] explica el concepto del perdón paternal de Dios:

[Dios] se entristece cuando Sus hijos pecan. El perdón propiciado por la justificación resuelve la culpabilidad jurídica, pero no contrarresta el desagrado paternal que Dios abriga por tu pecado. Él disciplina a los que ama, por el bien de ellos mismos (Hebreos 12:5-11). Les enseñaré la diferencia:

—El perdón jurídico se ocupa de la pena (castigo) debida al pecado; el perdón paternal se ocupa de las consecuencias del pecado.

—El perdón jurídico nos libra de la condenación pronunciada por el Juez recto y omnisciente al que hemos injuriado. El perdón paternal repara la relación con un Padre acongojado y contrariado, pero amoroso.

—El perdón jurídico otorga una solvencia infranqueable ante el trono de juicio divino. El perdón paternal se ocupa del estado de nuestra santificación en un momento dado y se imparte desde el trono de la divina gracia. De manera que el perdón que los cristianos deben procurar en su discurrir diario no es el de un juez airado, sino la piedad de un Padre apenado.

Si bien nuestros pecados —pasados, presentes y futuros— están perdonados, y poseemos vida eterna, aun así, se nos hace un llamado a confesar y a implorar al Padre el perdón de nuestros pecados. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad[2]. Este versículo se refiere al perdón paternal. Cuando confesamos nuestros pecados al Señor y pedimos perdón, reparamos el daño que el pecado ha infligido en nuestra relación con Él.

Nuestro deseo de ser más como Jesús nos exige, por una parte, evitar el pecado —obrar contra la voluntad moral de Dios— y por otra, confesar nuestros pecados y pedir perdón cuando los cometemos. Es parte de nuestro crecimiento espiritual, parte de la santificación. El vocablo griego homologeō, traducido con el término confesar, tiene varios significados. El primero de ellos reza: «Decir lo mismo que otro, concordar, asentir». Cuando confesamos nuestros pecados al Señor, en esencia expresamos nuestra conformidad con lo que Él dice acerca de ellos. Reconocemos que de alguna manera —mediante los pensamientos, deseos, actitudes o acciones— actuamos contra Su voluntad moral. Asentimos que nos hemos equivocado, que hemos incurrido en falta y en pecado contra Él. Todo pecado es en última instancia en contra de Él. Eso no quiere decir que no cometemos a veces pecados contra otras personas y que estos no causen daño; muchas veces se da ese caso. No obstante, en última instancia el ofendidoes Dios.

Él es bondad, amor y santidad integrales; de ahí que cuando pecamos lesionamos nuestra relación con Él. Como a todo padre terrenal, esa ofensa a Él le duele. El relato del pecado imperante en quienes vivían antes del diluvio nos da una sensación de esto. Génesis 6:5,6 lo expresa así:

Al ver el Señor que la maldad del ser humano en la tierra era muy grande y que todos sus pensamientos tendían siempre hacia el mal, se arrepintió de haber hecho al ser humano en la tierra y le dolió en el corazón. Otras versiones de la Biblia traducen esta última frase: se le partió el corazón (NTV) o sintió tristeza en el corazón (NBLH).

Nuestros pecados pueden abrir una brecha entre nosotros y el Padre.

Es fácil fomentar una actitud de que el pecado no tiene tanta importancia, por cuanto hemos obtenido la salvación y los pecados se nos han perdonado. Esa actitud, no obstante, evidencia una incomprensión de lo que enseña la Biblia sobre el pecado y sus efectos. La Escritura nos revela que el pecado es una ofensa para Dios, incluido el de un cristiano. Ser perdonados en sentido jurídico es un maravilloso regalo de Dios; sin embargo, los creyentes mantenemos una relación con Él, la cual se resiente cuando ofendemos a Dios. Aunque nuestros pecados se nos perdonan, en nuestra vida y la de los demás igual puede haber consecuencias por nuestro pecado.

Siendo personas que procuramos imitar a Cristo y aspiramos a la santidad, debemos encarar el hecho del pecado en nuestra vida y responder adecuadamente a él. Dios nos ha dotado de conciencia, la habilidad innata de discernir entre el bien y el mal, que nos asiste para juzgar si un acto que tenemos planeado realizar o que ya hemos realizado es acorde a la moral o no. Como cristianos, afinamos nuestra conciencia a medida que la vamos amoldando a Su voluntad moral; asimismo, cuando concordamos con lo que Dios nos ha revelado en la Escritura que está bien o mal, con lo que está en armonía con Él y los actos que reflejan Su naturaleza y Su ser. Se nos pide que sigamos nuestra conciencia informada según la Escritura, para así evitar el pecado y permanecer en estrecha relación con el Padre.

Siendo humanos, pecaremos; pero siendo cristianos es preciso que nos esforcemos por no dañar nuestra relación con Dios haciendo lo posible por no pecar. Se nos exhorta a despojarnos del ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad[3].

Claro que por mucho que intentemos no pecar, lo haremos. En ese caso, si tenemos un acertado conocimiento del pecado, nos embarga un sentimiento de culpabilidad y pena. Perjudicamos nuestra relación con Dios, y para repararla se nos insta a confesar nuestros pecados. Como ya lo mencionamos, confesar nuestros pecados equivale a aceptar que hemos actuado contra la voluntad moral de Dios. A pesar de que ese constituye un primer paso, es indispensable que también lamentemos los pecados confesados o hagamos contrición por ellos. La contrición es reconocer nuestras acciones y admitir que estaban equivocadas, tener aversión al pecado y sentir pesar de haberlo cometido.

Además de confesar y tener contrición, otro elemento de reparación del daño causado por nuestros pecados es el arrepentimiento: cambiar de actitud, hacer un giro y emprender rumbo en dirección contraria. El arrepentimiento requiere un cambio en nuestra conducta, un compromiso a dejar de cometer los pecados que hemos estado cometiendo. Eso no es fácil, particularmente cuando hemos hecho un hábito de algunos pecados o hemos aceptado algún comportamiento pecaminoso como parte de nuestra personalidad, por ejemplo la impaciencia, el no poder dominarse, la tendencia a juzgar a los demás, la ira, el egoísmo, el orgullo, la ansiedad, los pecados de la lengua, las adicciones y otros tantos. Puede ser dificultoso aceptar que esas cosas menoscaban nuestra relación con Dios porque la Escritura las califica de pecado; que además se deben confesar, y que se espera que cambiemos y dejemos de hacerlas por la gracia de Dios. Todos albergamos pecados a los que nos hemos habituado, tanto es así que ya casi ni los consideramos pecado. El problema es que a pesar de la percepción que tengamos de ellos, lo son.

Si queremos ser mejores imitadores de Jesús tenemos que hacer frente a nuestros pecados. No podemos limitarnos a verlos como simples rasgos de personalidad o excusarnos aduciendo que «así soy yo y no puedo cambiar». Tampoco podemos justificar el pecado pensando: «Este es un pecadito nada más. No tiene importancia». Parte de llegar a parecernos más a Cristo es aceptar lo que la Escritura califica de pecado, reconocer y confesar nuestras transgresiones e implorar la ayuda del Señor para superarlas. Quizá no podamos concentrarnos en todos nuestros pecados en un mismo momento, sobre todo si se nos han vuelto habituales, pero sí podemos admitir que los tenemos, pedir regularmente perdón a Dios y comprometernos a superarlos por medio de acciones concretas.

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece[4].


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] John F. MacArthur, La libertad y el poder del perdón (Editorial Portavoz, 1999).

[2] 1 Juan 1:9.

[3] Efesios 4:22–24 (NVI).

[4] Filipenses 4:13.