Parábolas de Jesús: El sembrador y la semilla (2ª parte), Mateo 13:2–23

Marzo 29, 2016

Enviado por Peter Amsterdam

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[The Stories Jesus Told: The Sower and the Seed (Part 2), Matthew 13:3–23]

En la primera parte de la parábola del sembrador y la semilla, Jesús contó la parábola a la multitud que había acudido a escuchar Sus enseñanzas. Después Sus discípulos, cuando estaban a solas con Él, le preguntaron por qué enseñaba en parábolas. Jesús dio una explicación basada en Isaías 6:9,10 (que ya vimos en la primera parte), seguida de la interpretación de la parábola, que estudiaremos en esta segunda parte.

Jesús habló de cuatro tipos de suelos en los que cayó la semilla: el camino, en el que las aves se la comieron; la tierra poco profunda, muy cerca del lecho de roca; el suelo que tenía espinos, y la tierra buena y fértil. Comienza Su interpretación diciendo:

Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: Cuando alguno oye la palabra del Reino y no la entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.

En Mateo, la semilla es llamada «la palabra del Reino»; en Marcos, «la palabra»; en Lucas, «la palabra de Dios». La aplicación de la parábola es que las semillas que cayeron en los cuatros tipos de suelos corresponden a cuatro tipos de reacciones de la gente al oír el mensaje de la Palabra de Dios.

La semilla que cayó en el camino de tierra apisonada que bordeaba el campo quedó encima del suelo, donde a las aves les resultó fácil venir a comérsela. En la literatura judía de la época de Jesús, las aves a veces simbolizaban al diablo. Algunas personas son como tierra endurecida. La semilla nunca tiene oportunidad de germinar en esa tierra tan dura, porque la persona no acepta el mensaje. Es posible que por cortesía lo oiga con los oídos, pero no lo escucha de verdad. Entonces el malo roba la semilla.

Seguidamente, Jesús da la interpretación del segundo tipo de suelo no fructífero.

El que fue sembrado en pedregales es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo, pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.

A diferencia de lo que ocurre con la semilla que cae junto al camino, la que se planta en este tipo de suelo sí puede germinar. Sin embargo, no hay mucha tierra, ya que el lecho de roca está cerca de la superficie. A causa de eso, el suelo se calienta al principio de la temporada y la planta brota rápido; pero debido a la falta de agua y a que tiene raíces superficiales, enseguida se quema, se marchita y muere. Este suelo produce plantas efímeras.

En el contexto de los evangelios, este tipo de suelo representa a los que oyeron el mensaje de Jesús, presenciaron algunos milagros Suyos y en un principio escucharon ávidamente Sus enseñanzas. Se alegraron al oír el mensaje, pero su entusiasmo no estaba basado en sus convicciones personales, sino en estímulos externos y sentimientos; y cuando lo externo faltó, los sentimientos se enfriaron y el entusiasmo se desvaneció[1]. Al  llegar las dificultades, las penalidades o la persecución por causa de la fe, su entusiasmo original se marchitó y su fe se esfumó. Los pedregales simbolizan a las personas que tienen una fe superficial; sus raíces no llegan muy hondo. Las épocas difíciles acaban con su fe. Aunque brotan temprano y crecen algo, se marchitan antes de dar fruto.

A continuación, Jesús habla de las semillas sembradas entre espinos.

El que fue sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

Este suelo parece ser bastante fértil, ya que la semilla germina y crece, y lo mismo los espinos que crecen con ella. Está claro que en este caso la reacción a la Palabra es positiva; pero de todos modos esta no da fruto, porque otras cosas la desplazan y neutralizan su capacidad de desarrollarse plenamente y dar fruto.

El vocablo griego para decir preocupaciones en «preocupaciones de este siglo» también podría traducirse como problemas o ansiedad. Algunas versiones dicen «las preocupaciones del mundo». Todos tenemos preocupaciones, es algo inherente a la vida, pues nunca sabemos lo que puede pasar en un día cualquiera. Siempre se nos pueden ocurrir cosas que amenazan con hacernos daño de alguna manera, y siempre hay cosas que desearíamos tener y no tenemos[2].

Leon Morris escribe:

Es posible que estemos tan absortos en la contemplación de las amenazas y oportunidades de la vida que no prestemos suficiente atención a la Palabra de Dios que recibimos de buen grado. Jesús dice que esas preocupaciones mundanas ahogan la Palabra. En nuestra vida cabe un número limitado de cosas, y Él se refiere a las personas que están tan llenas de preocupaciones que no hay espacio en ellas para prestar mucha atención a la Palabra de Dios[3].

Combinado con las «preocupaciones de este siglo» está el «engaño de las riquezas». Marcos añade las «codicias de otras cosas»[4], mientras que Lucas incluye los «placeres de la vida»[5] entre las cosas que ahogan la Palabra.

El concepto de que las riquezas son engañosas se aprecia también en Proverbios 11:28:

El que confía en sus riquezas caerá, pero los justos reverdecerán como el follaje[6].

En el Sermón del Monte, Jesús dijo a Sus seguidores que no podían servir a Dios y a las riquezas, que no debían afanarse ni inquietarse por la comida, el dinero o la ropa, sino procurar que Dios y Su voluntad ocuparan el primer lugar en su vida. La vida de un discípulo debe estar centrada en Dios y en la fe en Él. No es que las demás cosas sean insignificantes; pero cuando se convierten en preocupaciones excesivas o adquieren una prioridad indebida, pueden acabar con nuestra receptividad espiritual a la Palabra de Dios y volvernos infructuosos[7].

A continuación, Jesús explica lo que representan las semillas sembradas en buena tierra:

El que fue sembrado en buena tierra es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta y a treinta por uno.

La buena tierra produce personas que oyen y entienden la Palabra, que, como dice Marcos, «oyen la palabra, la reciben»[8], y que, según las describe Lucas, «con corazón bueno y recto retienen la palabra»[9]. Todo lo contrario de otras a las que Jesús se había referido antes diciendo: «De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis»[10]. Los que oyen y entienden no solo captan lo que dice la Palabra, sino que lo aceptan, lo creen, lo asimilan y se comprometen a practicarlo. Esos son los que dan fruto.

Cabe observar que, si bien todas esas personas llevan fruto, hay diferencias en productividad.

R. T. France explica:

No todos los discípulos son idénticos, por lo que discípulos igualmente auténticos pueden tener distintos niveles de productividad, dependiendo de sus dones y de las circunstancias. […] El requisito es que cada uno dé todo el fruto que es capaz de dar y reconozca que no todas las personas son iguales. Vale la pena señalar que lo que varía aquí es el «rendimiento» de los discípulos, no su recompensa celestial[11].

Son fructíferos los cristianos que oyen y entienden la Palabra de Dios, con lo que esta da fruto en ellos y en los demás. Simple y llanamente, los verdaderos cristianos llevan fruto.

A algunas personas, la Palabra de Dios les entra por un oído y les sale por el otro, sin llegar a echar raíces. Otras reciben el mensaje con entusiasmo y se emocionan durante un tiempo; pero cuando surgen dificultades o conflictos, esas pruebas ponen de manifiesto la superficialidad de su compromiso. Algunas abrazan el evangelio; pero gradualmente otros intereses lo relegan a un segundo plano[12]. En cada uno de esos tres casos, el resultado común es que no dan fruto.

Esos tipos de personas que no dan fruto, junto con las que sí lo dan, representaban originalmente al público que acudía a Jesús para oírlo hablar y enseñar. Eran grandes multitudes, a veces de miles de personas, que lo escuchaban y en ocasiones se quedaban varios días con Él[13]. Pero no todos aceptaban y creían Sus palabras, ni todos lo que lo oían y creían seguían adelante. Algunos luego se apartaban. No obstante, Jesús continuaba predicando y enseñando, incluso cuando algunos de Sus discípulos «volvieron atrás y ya no andaban con Él»[14].

Él anunció fielmente el mensaje, fueran cuales fueran los resultados, ejemplo que nosotros debemos seguir en nuestra testificación, enseñanza y formación de discípulos. No todas las personas a las que testifiquemos creerán, ni todas las que crean seguirán creciendo o permanecerán siquiera en la fe. Algunas se marchitarán, otras se distraerán con las preocupaciones de este mundo. Nuestra labor consiste en hacer lo posible por comunicarles el evangelio, por apacentarlas y atenderlas espiritualmente, por motivarlas a crecer. Ahora bien, los resultados que se produzcan en ellas dependen de sus propias decisiones y de su compromiso con su propio crecimiento espiritual.

Reflexionemos sobre esta parábola y sobre cómo podemos adaptar su mensaje a nuestro caso particular y nuestra fe. Quizás a veces nos comportamos como uno de esos tres suelos que no dan fruto. Es posible que en ocasiones seamos como el camino apisonado, ya que hemos perdido interés en la Palabra de Dios y no aceptamos nada de Él. En esos momentos, aunque Dios esté tratando de hablarnos, puede que Sus palabras no penetren en nuestro corazón ni surtan ningún efecto en nosotros debido a nuestro estado de ánimo poco receptivo.

Tal vez la alegría que sentíamos al principio de nuestra vida cristiana se ha desvanecido, y nuestra fe y compromiso se están marchitando, como la planta que creció en pedregales. O quizá las preocupaciones de esta vida, las cargas, los problemas, las dolencias físicas y otras causas de ansiedad nos han distraído. Tal vez la búsqueda de dinero —a causa de nuestra necesidad apremiante o porque estamos obsesionados con ganar más— está ahogando nuestra fe y nuestra capacidad de dar fruto, como los espinos.

Nosotros que nos esforzamos como discípulos por vivir conforme a las enseñanzas de Jesús debemos ser conscientes del estado en que se encuentra la tierra de nuestro corazón. De nosotros depende que nos aferremos a la Palabra de Dios y llevemos fruto con perseverancia, que sigamos siendo tierra buena, receptiva y fértil para poder dar fruto para el Señor según nuestros dones y llamamiento. Como dijo Jesús: «En esto es glorificado Mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis así Mis discípulos»[15].


Parábola del sembrador, Mateo 13:3–23

3 «El sembrador salió a sembrar.

4 Mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y la comieron.

5 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;

6 pero cuando salió el sol, se quemó y, como no tenía raíz, se secó.

7 Parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron.

8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno.

9 El que tiene oídos para oír, oiga».

10 Entonces, acercándose los discípulos, le preguntaron: «¿Por qué les hablas por parábolas?»

11 Él, respondiendo, les dijo: «Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no les es dado,

12 pues a cualquiera que tiene, se le dará y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

13 Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.

14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: “De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis,

15 porque el corazón de este pueblo se ha entorpecido, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, ni oigan con los oídos, ni con el corazón entiendan, ni se conviertan y Yo los sane”.

16 Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen.

17 De cierto os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.

18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:

19 Cuando alguno oye la palabra del Reino y no la entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Éste es el que fue sembrado junto al camino.

20 El que fue sembrado en pedregales es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo,

21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.

22 El que fue sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

23 Pero el que fue sembrado en buena tierra es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta y a treinta por uno».


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] R. T. France, The Gospel of Matthew (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 2007), 520.

[2] Leon Morris, The Gospel According to Matthew (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1992), 347.

[3] Ibíd.

[4] Marcos 4:19.

[5] Lucas 8:14.

[6] Proverbios 11:28.

[7] Darrell L. Bock, Luke Volume 1: 1:1–9:50 (Grand Rapids: Baker Academic, 1994), 737.

[8] Marcos 4:20.

[9] Lucas 8:15.

[10] Mateo 13:14.

[11] France, The Gospel of Matthew, 522.

[12] Craig S. Keener, The Gospel of Matthew: A Socio-Rhetorical Commentary (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 2009), 384.

[13] Mateo 15:32.

[14] Juan 6:66.

[15] Juan 15:8.