El Credo (2ª parte)

abril 7, 2020

Enviado por Peter Amsterdam

[The Creed (Part 2)]

(Los puntos presentados en este artículo se han tomado del libro The Creed, de Luke Timothy Johnson[1].)

Un solo Dios, Padre todopoderoso

El credo niceno-constantinopolitano, que a partir de ahora llamaremos simplemente el Credo, condensa las principales doctrinas cristianas en una declaración relativamente breve. En tan solo seis frases expone lo primordial de las creencias cristianas con relación a Dios. No abarca toda la doctrina cristiana, pero sí lo esencial que uno debe creer con relación a Dios para ser cristiano.

Comienza centrándose en Dios Padre y dice:

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible e invisible.

La primera oración, «Creo en un solo Dios», constituye el fundamento sobre el que se erige el resto del Credo y, de hecho, todo el cristianismo. Con ella, los cristianos declaramos que Dios existe. Al hacerlo, reconocemos la existencia de un poder superior, fuera de nuestro control, que nosotros no podemos ver ni tocar. Al declarar que Dios existe, afirmamos que el mundo físico no es todo lo que hay.

Un solo Dios

Como ya señalamos en la 1ª parte, al expresar la creencia en un solo Dios, el Credo hace referencia al shemá, la confesión de Israel en el Antiguo Testamento, que dice: «Oye, Israel: el Señor, nuestro Dios, el Señor uno es»[2]. Esa alusión al shemá sugiere que, si uno quiere entender plenamente la creencia en un solo Dios, conviene que se familiarice con el relato de las interacciones de Dios con Israel en el Antiguo Testamento. Fue a raíz de las intervenciones de Dios en defensa de los hebreos, a raíz de las promesas que les hizo y que cumplió, que estos llegaron a comprender que su Dios no solo era el mejor dios comparado con todos los demás dioses en que creían los habitantes no israelitas de la región, sino el único Dios de toda la Tierra y todos los pueblos.

Ese concepto judío del monoteísmo —de que hay un solo Dios— del período tardío del Antiguo Testamento continúa en el Nuevo Testamento, el cual hace hincapié en la soberanía de Dios sobre todos los pueblos del mundo, mucho más allá de Israel. En el libro de los Hechos, el apóstol Pedro dice:

En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que lo teme y hace justicia[3].

El apóstol Pablo argumentó que Dios es Dios de toda la Tierra:

¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles, porque Dios es uno, y Él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión[4].

El Dios único es Dios del mundo entero.

En el siglo II, un maestro cristiano llamado Marción propuso la idea errónea de que había dos Dioses y dos esferas de existencia, la material y la espiritual, siendo la material mala y la espiritual buena. Consideraba que el Dios de Israel, el Creador descrito en el Antiguo Testamento, era el autor de todo lo material, mientras que el Dios de Jesús descrito en el Nuevo Testamento no tenía nada que ver con la realidad material, sino que era enteramente espiritual. Esa doctrina fue rebatida por los maestros cristianos Ireneo y Tertuliano. Fue, en parte, a causa de esta falsa doctrina de los dos Dioses que se incluyó en el Credo la declaración «Creo en un solo Dios».

Padre

La siguiente frase del Credo llama al Dios único «Padre todopoderoso». En el Antiguo Testamento, casi nunca se emplea el término padre para referirse a Dios, quizá porque las religiones politeístas solían tener un dios padre que engendraba a dioses inferiores dentro de su familia. En el Antiguo Testamento, la mayoría de las veces en que se llama Padre a Dios es en alusión a que es el padre del pueblo de Israel.

Cuando Israel era muchacho, Yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo[5].

Yo soy el padre de Israel, y Efraín es Mi primogénito[6].

En el Antiguo Testamento también se llama Padre a Dios en declaraciones que subrayan la honra y la obediencia que se le deben rendir.

El hijo honra al padre y el siervo a su señor. Si, pues, Yo soy padre, ¿dónde está Mi honra?; y si soy señor, ¿dónde está Mi temor?, dice el Señor de los ejércitos a vosotros, sacerdotes, que menospreciáis Mi nombre[7].

¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, somos desleales los unos con los otros, profanando el pacto de nuestros padres?[8]

En otro pasaje del Antiguo Testamento, a Dios se le llama padre por haber creado a los seres humanos.

Señor, Tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y Tú el alfarero. Así que obra de Tus manos somos todos nosotros[9].

En el Nuevo Testamento, Padre se convierte en la principal manera de referirse a Dios. Entendemos que Su paternidad no solo consiste en Su papel de Padre para con los seres humanos, sino todavía más en que Él es el Padre de Su Hijo Jesús. Conocemos a Dios como Padre porque Jesús lo llama Padre y se da a conocer como el Hijo de Dios. Por el bautismo del Espíritu Santo, también nosotros podemos disfrutar de esa relación paterno-filial como resultado de nuestra adopción.

No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!»[10]

En el Evangelio de Mateo, todas las frases en que se llama Padre a Dios brotan de labios de Jesús, ya que esa era Su manera particular de dirigirse a Él. En ocho ocasiones Jesús indica que Dios es el Padre de los discípulos, ya que habla de «vuestro Padre que está en los cielos» o «vuestro Padre celestial»[11], y en otras ocho ocasiones simplemente llama a Dios «vuestro Padre» o «tu Padre»[12].

Jesús también se dirigió a Dios usando el apelativo de Padre de una manera especial e íntima, que claramente da a entender que Dios es Su Padre en mayor grado de lo que lo es para los creyentes. Lo llamó «Mi Padre que está en los cielos» o «Mi Padre», y en determinado momento lo alabó por ser Su Padre y declaró Su particular relación con Él como Hijo.

Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por Mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar[13].

El apóstol Pablo también enseñó que Dios es nuestro Padre:

Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo[14].

Al llamar Padre a Dios, el Credo expresa brevemente algo que se afirma a lo largo de las Escrituras: que el título de Padre tiene sus raíces en la vida religiosa de Israel, en las oraciones y enseñanzas de Jesús y en la experiencia y las plegarias de los primeros cristianos. Al decir «Dios Padre», el Credo indica de qué manera se relacionaba Jesús con Dios y se dirigía a Él; hoy en día nos dirigimos a nuestro Dios en tanto que Padre de Jesús. Podemos hacerlo porque «el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios»[15].

Nos acercamos a Dios como quien se acerca a un Padre amoroso que «hace salir Su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos»[16]. Él cuida hasta de las criaturas más insignificantes.

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta[17].

Él revela Su voluntad a los pequeños e ignorantes:

Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños[18].

Nuestro Padre sabe de qué cosas tenemos necesidad antes que nosotros se las pidamos[19] y desea bendecir a los que lo aman y lo buscan.

Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?[20]

Todopoderoso

Aparte de llamar Padre a Dios, el Credo también declara que Él es todopoderoso u omnipotente. Cuando Dios se manifestó a Abram[21] (Abraham) y posteriormente a Jacob[22], les dijo: «Yo soy el Dios Todopoderoso». Cuarenta y ocho veces en el Antiguo Testamento es llamado por otras personas el Todopoderoso o Dios Todopoderoso. La palabra todopoderoso indica que Su poder es infinito. Puede hacerlo todo, y escoge hacer algunas cosas. A continuación reproduzco unos versículos del Antiguo Testamento que muestran que Su poder es infinito:

Yo soy el Señor, Dios de todo ser viviente, ¿acaso hay algo que sea difícil para Mí?[23]

Yo reconozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que te sea oculto[24].

Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió[25].

Él hizo con Su poder la tierra[26].

(Claro que hay cosas que Dios no pude hacer. No puede obrar en contra de Su naturaleza y manera de ser; no puede mentir, ser tentado por el mal, actuar impíamente o pervertir la justicia, ya que ello sería incompatible con Su naturaleza divina. Tampoco puede hacer cosas que sean lógicamente imposibles, como un soltero casado o un círculo cuadrado[27].)

En el Nuevo Testamento, el término todopoderoso aparece una sola vez fuera del libro del Apocalipsis. En 2 Corintios 6:17,18 dice:

Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo impuro; y Yo os recibiré y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso[28].

En el Apocalipsis, la palabra todopoderoso se emplea nueve veces. Esta es una de ellas:

«Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin», dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso[29].

Si bien en el Nuevo Testamento no se usa mucho el término todopoderoso para referirse a Dios (salvo en el Apocalipsis), el concepto de que Él es omnipotente está muy presente. Por ejemplo, en el huerto de Getsemaní, antes de morir, Jesús dice:

¡Abba, Padre!, todas las cosas son posibles para Ti[30].

El ángel Gabriel le anunció a María que concebiría un niño (Jesús) a pesar de ser virgen porque «nada hay imposible para Dios»[31]. Y refiriéndose a las dificultades de los ricos para entrar en el reino, Jesús dijo:

Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios[32].

El apóstol Pablo mencionó la creación como prueba del poder de Dios.

Lo invisible de Él, Su eterno poder y Su deidad, se hace claramente visible desde la creación del mundo y se puede discernir por medio de las cosas hechas[33].

También se refirió al poder de Dios en la obra de salvación tanto de judíos como griegos:

No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego[34].

Hablando de la promesa que Dios le hizo a Abraham, Pablo dijo que Él «da vida a los muertos y llama las cosas que no son como si fueran»[35].

(Continuará en la tercera parte.)


Nota

Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] The Creed—What Christians Believe and Why It Matters (Nueva York: Doubleday, 2003).

[2] Deuteronomio 6:4.

[3] Hechos 10:34,35.

[4] Romanos 3:29,30.

[5] Oseas 11:1.

[6] Jeremías 31:9.

[7] Malaquías 1:6.

[8] Malaquías 2:10.

[9] Isaías 64:8.

[10] Romanos 8:15.

[11] Mateo 5:16,45,48; 6:1,14,32; 7:11,21.

[12] Mateo 6:4,6,8,15,18; 10:20,29.

[13] Mateo 11:25–27.

[14] Gálatas 4:6,7.

[15] Romanos 8:16.

[16] Mateo 5:45.

[17] Mateo 6:26.

[18] Mateo 11:25.

[19] Mateo 6:8.

[20] Mateo 7:11.

[21] Génesis 17:1.

[22] Génesis 35:10,11.

[23] Jeremías 32:27.

[24] Job 42:2.

[25] Salmo 33:9.

[26] Jeremías 10:12.

[27] V. https://directors.tfionline.com/es/post/naturaleza-personalidad-dios-omnipotencia/

[28] 2 Corintios 6:17,18.

[29] Apocalipsis 1:8. V. también Apocalipsis 4:8, 11:17, 15:3, 16:7, 16:14, 19:6,15, 21:22.

[30] Marcos 14:36.

[31] Lucas 1:37.

[32] Lucas 18:27.

[33] Romanos 1:20.

[34] Romanos 1:16.

[35] Romanos 4:17.