Lo esencial: La salvación

Octubre 23, 2012

Enviado por Peter Amsterdam

El plan de Dios

La enseñanza medular del Nuevo Testamento se encuentra en uno de los versículos más bellos de las Escrituras:

De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna[1].

Ese versículo revela la asombrosa verdad de que el Creador del universo amó tanto a la especie humana que envió a la segunda Persona de la Trinidad —Dios Hijo, Jesús— para que se hiciera humano y muriera en nuestro lugar por los pecados que hemos cometido, a fin de que no tuviéramos que sufrir el castigo de esos pecados, a pesar de que nos lo merecemos. Tenemos la oportunidad de obtener vida eterna porque Jesús, con Su sacrificio, pagó nuestros pecados.

El plan de Dios para salvarnos, que fue decidido desde antes de la creación del mundo, es consecuencia de Su amor por la humanidad. Lo que motivó a Dios fue el amor. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos aman y concibieron una forma de que nos salváramos de la máxima consecuencia del pecado: la muerte espiritual y la separación de Dios en el más allá, que las Escrituras llaman infierno.

Hay personas que tienen la impresión de que Dios es cruel y colérico, de que nos juzga con dureza porque Él personalmente está ofendido por el hecho de que hayamos pecado contra Él, y por consiguiente exige egoístamente que seamos castigados. La realidad es muy distinta. Dado que la naturaleza de Dios incluye atributos como Su santidad, Su rectitud, Su justicia y Su ira, para ser consecuente con Su naturaleza divina Él debe juzgar el pecado. Podría haber castigado justamente a todos los seres humanos por sus pecados. Pero como Su naturaleza divina también incluye atributos como Su amor, Su misericordia y Su gracia, quiso que no pereciera nadie[2], y por eso ideó una manera de que los seres humanos pudieran ser redimidos. Tal redención está motivada por Su amor, es porque «de tal manera amó al mundo». Aunque somos pecadores y hemos pecado contra Él, Su amor es tal que lo ha llevado a disponer una forma de que nos salvemos del castigo que merecen nuestros pecados. El plan de Dios para salvarnos es manifestación de Su misericordia y Su amor por la humanidad.

Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros[3].

En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a Su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados[4].

Desde el principio

Antes de crear el universo, Dios ya sabía que los seres humanos, que fueron dotados de libre albedrío, pecarían; por eso concibió una manera de librar a la humanidad del castigo del pecado: Su plan de salvación. Dicho plan le permitió ser consecuente con todas las facetas de Su naturaleza divina: Su santidad, Su justicia y Su ira, y también Su amor, Su misericordia y Su gracia.

Dios desea salvar a los seres humanos, redimirlos, reconciliarlos con Él, sin dejar de ser consecuente con Su naturaleza. No tenía ninguna obligación de salvarnos. Podría haber dejado que todos los seres humanos simplemente sufrieran el castigo del pecado; pero no. Por amor a nosotros, el Dios trino ideó una forma de redimirnos. Desde el principio ya tenía un plan para salvarnos, que comenzó a ejecutarse cuando Adán y Eva pecaron por primera vez y culminó con la muerte y resurrección de Jesús.

Como Dios es el Creador omnisciente, no le sorprendió que Adán y Eva pecaran. Sabía que ellos, por voluntad propia, optarían por desobedecer, y previsoramente ya había concebido un plan de salvación. Cuando les anunció a Adán y Eva las consecuencias de su pecado, también se dirigió a la serpiente y le dijo:

Pondré enemistad entre tú y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Su descendencia te aplastará la cabeza, y tú le morderás el talón[5].

Desde el principio mismo, Dios dijo que un descendiente de la mujer heriría o aplastaría la cabeza de la serpiente —Satanás—, mientras que Satanás solo le mordería el pie. Cuando la humanidad cometió su primer pecado, Dios ya predijo cómo derrotaría Jesús a Satanás.

Su plan de salvación consistía en escoger a un pueblo, Israel, a quien se revelaría y daría Sus mandamientos. En Sus palabras a Israel, Dios reveló información sobre Sí mismo, el único Dios verdadero, y Su ley. Israel guardó y transmitió Su revelación de generación en generación, con lo que garantizó su preservación. Por el linaje de Israel Dios envió a Su Hijo, el Dios-Hombre, mediante el cual trajo salvación a la humanidad.

La historia de Israel no es otra que la historia de cómo Dios preparó el terreno para la salvación de la humanidad por medio de Jesús[6]. El Antiguo Testamento no solo contiene profecías sobre la vida y misión del Mesías, sino también numerosos presagios de la salvación que vendría mediante el Hijo de Dios hecho carne. Refiriéndose al Antiguo Testamento, David Berg escribió:

A Dios le costó que los hijos de Israel abandonaran la idolatría de Egipto. Tuvo que guiarlos por intermedio de Moisés, con la Ley como tutora, recurriendo a ilustraciones infantiles y sencillos rituales, pequeñas ejemplificaciones con objetos materiales: el tabernáculo, el arca, los sacrificios de animales y la sangre de reses, símbolos y figuras, meras representaciones de las realidades espirituales y las verdades eternas. Tuvo que valerse de lo que entendían, de los elementos y ceremonias de la religión egipcia y de otros cultos idólatras de la región que les resultaban familiares, para procurar transmitirles audiovisualmente, como lo haría un padre con sus hijos, las auténticas verdades espirituales de la adoración genuina, madura y adulta de Dios mismo. Como dice el Apóstol, todo eso eran «figuras de lo auténtico», simples imágenes o ilustraciones de las cosas invisibles y reales del Espíritu. En el Antiguo Testamento había ilustraciones; en la actual época neotestamentaria tenemos las verdades espirituales, que ahora mismo conocemos solamente por la fe (Juan 1:17)[7].

Símbolos y figuras del Antiguo Testamento

Para entender más a fondo la salvación y la redención, por qué Jesús tuvo que morir en la cruz para que se nos perdonaran nuestros pecados y pudiéramos reconciliarnos con Dios, es importante que repasemos algunos de los símbolos y figuras del Antiguo Testamento. Veremos solo los que están directamente relacionados con el sacrificio de Jesús en la cruz.

En todo el libro del Génesis se ofrecen sacrificios a Dios, comenzando con Caín y Abel y siguiendo con Noé, Abraham, Isaac, Jacob y otros. Un episodio en particular, en que Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac, prefigura el sacrificio, por parte de Dios, de Su Hijo por los pecados de la humanidad. Cuando Isaac le pregunta a su padre dónde está el cordero para el sacrificio, Abraham le responde que Dios proveerá. En el momento en que Abraham se dispone a matar a su hijo sobre el altar, el Señor le muestra un carnero enredado en unos matorrales, que Abraham sacrifica en lugar de su hijo. La sustitución de Isaac por un cordero que se ofrece en sacrificio a Dios ilustra el concepto del sacrificio sustitutivo, el cual constituye el fundamento del sistema de sacrificios de animales que más tarde Dios le dio a Israel, por medio de Moisés, como una forma de expiar sus pecados. El hecho de que Dios proporcionara el carnero prefigura cómo proveería una víctima, Su Hijo, para ser sacrificada por los pecados de la humanidad.

Tomó Abraham la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo; luego tomó en su mano el fuego y el cuchillo y se fueron los dos juntos. Después dijo Isaac a Abraham, su padre: «Padre mío». Él respondió: «Aquí estoy, hijo mío». Isaac le dijo: «Tenemos el fuego y la leña, pero  ¿dónde está el cordero para el holocausto?» Abraham respondió: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». E iban juntos. […] Entonces alzó Abraham sus ojos y vio a sus espaldas un carnero trabado por los cuernos en un zarzal; fue Abraham, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo[8].

Siglos más tarde, cuando los descendientes de Abraham, los hebreos, vivían como esclavos en Egipto, Dios habló a Moisés y le dijo que libraría a los hebreos de manos de los egipcios. Al negarse el faraón de Egipto a dejarlos partir, Dios informó a Moisés que en cierta noche pensaba matar a todos los primogénitos de Egipto, tanto hombres como animales. Mandó que en cada casa hebrea se matara una oveja o una cabra de un año y que se rociara con la sangre los marcos de las puertas de la casa. Los primogénitos de las casas con sangre en los postes y en el dintel se librarían del castigo de Dios; los de las casas que no tuvieran sangre no.

Habló el Señor a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, y les dijo: «Este mes será para vosotros el principal entre los meses; os será el primero de los meses del año. Hablad a toda la congregación de Israel, y decid: “El día diez de este mes tomará cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por familia. […] El animal será sin defecto, macho de un año; lo tomaréis de las ovejas o de las cabras. Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes, y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes. Tomarán de la sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer. Esa noche comerán la carne asada al fuego y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. Pues Yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias, y ejecutaré Mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; veré la sangre y pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto”». […] Moisés convocó a todos los ancianos de Israel y les dijo: «Salid y buscad corderos para vuestras familias, y sacrificad la pascua»[9].

La obediencia que manifestaron los hebreos al sacrificar el cordero pascual y rociar con su sangre los marcos de las puertas fue clave para evitar el castigo de Dios y, a consecuencia de ello, librarse de la opresión y la esclavitud. En el segundo año después de la liberación de Egipto[10], Dios dio instrucciones a Moisés para que instituyera el sistema sacrificial levítico, en el que los sacrificios de animales expiarían el pecado. En uno de sus libros, Lewis y Demarest presentan la siguiente explicación básica del sistema sacrificial:

Para los holocaustos, los sacrificios de comunión o de paz, las ofrendas por el pecado y los sacrificios de expiación, se seguía un procedimiento que generalmente constaba de las siguientes fases: (1) El ofrendante presentaba un animal sin defecto, para sugerir la idea de perfección moral, en la puerta del santuario. (2) El ofrendante ponía las manos sobre la cabeza del animal, para representar su identificación con la víctima y la transferencia al sustituto del castigo del pecado. (3) El ofrendante (en épocas posteriores el sacerdote) mataba el animal, para dar a entender que la muerte era el justo castigo del pecado. (4) El sacerdote rociaba con la sangre de la víctima el altar y la base del mismo; la sangre representaba la vida de la víctima. Y (5) la ofrenda se quemaba, en parte o en su totalidad, en el altar del holocausto, y su fragancia ascendía hacia Dios como un grato aroma. En repetidas ocasiones las Escrituras indican que el propósito de esos sacrificios era «hacer expiación» por el ofrendante (Levítico 1:4; 4:20; 5:13; Números 5:8; 8:12; 15:25)[11].

Cada año, en el Día de Expiación, se hacía un sacrificio especial por los pecados de todo el pueblo. Primero el sumo sacerdote hacía una ofrenda por sus propios pecados, seguida de una ofrenda especial por el pueblo. Nuevamente Lewis y Demarest nos dan una explicación concisa:

El sumo sacerdote sacrificaba como expiación por el pecado el primer macho cabrío traído por el pueblo, y esparcía su sangre sobre el «propiciatorio» y delante del mismo, en el lugar santísimo, expiando de esa manera la impureza del pueblo (Levítico 16:15–19) y haciendo propiciación. Según Levítico 17:11, ese derramamiento de sangre era la forma de expiación dispuesta por Dios. Seguidamente el sumo sacerdote ponía sus manos sobre la cabeza del segundo macho cabrío (el chivo expiatorio) y confesaba todos los pecados de la comunidad, transfiriendo así simbólicamente a la víctima las culpas del pueblo. El segundo macho cabrío se convertía en el portador del pecado, y se llevaba al desierto de forma irrecuperable los pecados y las iniquidades del pueblo[12].

En esos sacrificios del Antiguo Testamento ya aparece el concepto de expiar el pecado y hacer reconciliación por el mismo mediante sustitución. De la misma manera que en lugar de sacrificar a Isaac se sacrificó un carnero, los animales se sacrificaban por los pecados del ofrendante. Con esos sacrificios del Antiguo Testamento se expiaban los pecados ya cometidos; pero era necesario repetirlos al incurrir en nuevos pecados.

Dios el Redentor

Además de esos símbolos y figuras para expiar el pecado mediante el sacrificio sustitutivo de otro que toma el lugar del pecador y la transferencia de los pecados de todos a un único chivo expiatorio, en el Antiguo Testamento hay otro presagio de lo que había de venir, concretamente en la concepción de Dios como Redentor.

En el éxodo de Egipto, Dios mismo, mediante hechos poderosos, salvó a Su pueblo de la opresión y la esclavitud. Lo redimió y le dio libertad. A Moisés le dijo:

Dirás a los hijos de Israel: «Yo soy el Señor. Yo os sacaré de debajo de las pesadas tareas de Egipto, os libraré de su servidumbre y os redimiré con brazo extendido y con gran justicia»[13].

A partir de ese momento, Dios fue llamado el Redentor.

Se acordaban de que Dios era su refugio, que el Dios altísimo era su redentor[14].

Porque el Señor los amó y guardó el juramento que hizo a sus padres, el Señor los sacó con mano fuerte y los redimió de casa de servidumbre, de la mano de Faraón, rey de Egipto[15].

Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor, tu Dios, te redimió[16].

La liberación de los hebreos de la esclavitud fue obra de Dios. Ellos no podían librarse solos de la opresión de los egipcios. Fue Dios quien dictó sentencia contra los egipcios cuando el faraón no quiso dejar que los israelitas se fueran, y quien les envió plagas que condujeron a la milagrosa liberación del pueblo hebreo. Mediante el sacrificio del cordero pascual, Dios protegió a los hebreos del castigo que infligió a los egipcios.

Dios libró a los hebreos mediante hechos sobrenaturales y maravillas obradas por Su propia mano; no fue por lo que ellos hicieron. Eso es representativo de la gracia por la que nos redime mediante la obra divina de la salvación. Es por obra de Dios, no nuestra, que nos salvamos. La salvación solo se alcanza por Su gracia, misericordia y amor.

El divino plan de salvación mediante la muerte y resurrección de Jesús fue el plan de redención que trazó Dios para los seres humanos desde antes que estos existieran. En el Antiguo Testamento ya comenzó a revelarlo; y en el Nuevo Testamento, cuando Juan el Bautista proclama: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!»[17], empieza a desvelarse plenamente la totalidad del plan.

El Cordero de Dios

El cumplimiento del plan divino de redención mediante la muerte de Jesús, Su sacrificio en nuestro lugar con el derramamiento de Su sangre por nuestros pecados, es algo que se menciona repetidamente en todo el Nuevo Testamento. Él es el Cordero sacrificado, el que murió en nuestro lugar y el que, como el chivo expiatorio, ha tomado nuestros pecados sobre Sí mismo. Es el Redentor que nos salva de la esclavitud del pecado. Su muerte y Su resurrección son la culminación de los símbolos y figuras veterotestamentarios, el cumplimiento del plan divino de redención. Dios ha sido santo, recto y justo con Sus criaturas. Ha sido amoroso, misericordioso y compasivo. Somos los beneficiarios del mayor sacrificio jamás realizado.

Cristo nos amó y se entregó a Sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante[18].

Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. […] Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados[19].

No tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por Sus propios pecados, y luego por los del pueblo, porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a Sí mismo[20].

No por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por Su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los impuros, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?[21]

Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (la cual recibisteis de vuestros padres) no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación[22].

Ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo[23].

En Él tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de Su gracia[24].

Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mucha más razón, habiendo sido ya justificados en Su sangre, por Él seremos salvos de la ira[25].

Cristo, nuestro Cordero pascual, ya ha sido sacrificado[26].

Esto es Mi sangre del nuevo pacto que por muchos es derramada para perdón de los pecados[27].


[1] Juan 3:16.

[2] El Señor no retarda Su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9).

[3] Romanos 5:8.

[4] 1 Juan 4:9,10.

[5] Génesis 3:15 (BLPH).

[6] Cottrell, Jack: What the Bible Says About God the Redeemer, Wipf and Stock Publishers, Eugene, EE.UU., 1987, p. 402.

[7] Berg, David: ¿Carne o espíritu?, febrero de 1971.

[8] Génesis 22:6–8,13.

[9] Éxodo 12:1–3,5–8,12,13,21.

[10] En el primer mes del año segundo, el día primero del mes, fue erigido el Tabernáculo. […] Y colocó el altar del holocausto a la entrada del Tabernáculo, del Tabernáculo de reunión, y sacrificó sobre él el holocausto y la ofrenda, como el Señor había mandado a Moisés (Éxodo 40:17,29).

[11] Lewis, Gordon R., y Demarest, Bruce A.: Integrative Theology, vol. 2, Zondervan, Grand Rapids, EE.UU., 1996, pp. 383 y 384.

[12] Lewis, Gordon R., y Demarest, Bruce A.: Integrative Theology, vol. 3, Zondervan, Grand Rapids, EE.UU., 1996, p. 184.

[13] Éxodo 6:6.

[14] Salmo 78:35.

[15] Deuteronomio 7:8 (NBLH).

[16] Deuteronomio 15:15 (BNP).

[17] Juan 1:29.

[18] Efesios 5:2.

[19] Hebreos 10:10,14.

[20] Hebreos 7:27.

[21] Hebreos 9:12–14.

[22] 1 Pedro 1:18,19.

[23] Efesios 2:13.

[24] Efesios 1:7.

[25] Romanos 5:8,9.

[26] 1 Corintios 5:7 (NVI).

[27] Mateo 26:28.

Traducción: Jorge Solá y Felipe Mathews.