Más como Jesús: El llamado a perdonar

septiembre 5, 2017

Enviado por Peter Amsterdam

[More Like Jesus: The Call to Forgive]

(Los puntos que tocamos en este artículo son una síntesis del libro Perdonar y olvidar de Lewis B. Smedes[1].)

En el texto de los Evangelios leemos que Jesús fue azotado, golpeado y finalmente clavado a una cruz. Mientras pendía de aquel madero, aguardando la muerte, algunas de Sus últimas palabras fueron: «Padre, perdónalos»[2]. El perdón fue Su respuesta a un juicio injusto, a la flagelación que tuvo que soportar al ser azotado con cuerdas erizadas de puntas de hueso o metal que le laceraron la piel, causándole un dolor inimaginable, y a los clavos con que le perforaron las manos y los pies para luego ser dejado allí agonizante y martirizado. Aunque por una parte esa reacción fue bastante sorpresiva, es perfectamente consecuente con lo que leemos que Jesús enseñó a lo largo de Su ministerio. No solo lo enseñó, sino que lo personificó, tanto en su vida como en Su muerte. Predicó con el ejemplo.

El perdón de Dios

El perdón de Jesús era reflejo del perdón de Su Padre. En el Antiguo Testamento, cuando Dios se le reveló a Moisés, dijo de Sí mismo: El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene Su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado[3]. Con ello Dios infería que el perdón es uno de Sus atributos divinos, que está arraigado en Su carácter. Este principio se manifiesta una y otra vez en el Antiguo Testamento.

Tú eres Dios perdonador, clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia[4].

¿Dónde hay otro Dios como Tú, que perdona la culpa del remanente y pasa por alto los pecados de Su preciado pueblo? No seguirás enojado con Tu pueblo para siempre, porque Tú te deleitas en mostrar Tu amor inagotable[5].

Al Señor nuestro Dios pertenece la compasión y el perdón[6].

Asimismo se nos señala que una vez que Dios perdona nuestros pecados, Él jamás nos los echa en cara.

Perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado[7].

La magnitud del perdón divino se aprecia en afirmaciones de este calibre:

Echará a lo profundo del mar todos nuestros pecados[8].

Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones[9].

A ti te agradó librar mi vida del hoyo de corrupción, porque echaste tras Tus espaldas todos mis pecados[10].

Aunque sus pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana[11].

Dios, por naturaleza, es clemente. Y fiel a Su naturaleza, allanó el camino para que fuésemos perdonados mediante el sacrificio de Su Hijo. En cierto sentido, podemos decir que la muerte expiatoria de Cristo fue la encarnación del perdón divino. Por eso, si queremos emular a Jesús, debemos perdonar.

Jesús expresó con palmaria claridad en Sus enseñanzas que debemos perdonar a los demás.

Se le acercó Pedro y le dijo:

—Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le dijo:

—No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete[12].

Si tu hermano peca, repréndelo; y, si se arrepiente, perdónalo[13].

Cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo[14].

Si siete veces al día peca contra ti, y siete veces al día vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo[15].

Jesús también manifestó que existe una correlación entre nuestra voluntad para perdonar al prójimo y el perdón que Dios nos otorga.

Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores[16].

Si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas[17].

Perdónenlo, para que también su Padre que está en los cielos les perdone a ustedes sus ofensas[18].

En la parábola del siervo que no quiso perdonar[19], Jesús narra el episodio de un funcionario cuyo patrón le había perdonado una deuda astronómica, pero que al verse eximido de ella se negó a perdonar a otro hombre que le debía una ínfima suma de dinero. Aquel maestro dijo entonces a su siervo inclemente: «Siervo malvado, yo te perdoné toda aquella gran deuda, porque me rogaste. ¿No debías tú tener misericordia de tu consiervo, como yo la tuve de ti?» Y muy enojado, el rey lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía[20]. Jesús expresó luego a todos los que lo escuchaban: Así también Mi Padre celestial hará con ustedes, si no perdonan de todo corazón a sus hermanos[21]. (Para estudiar más a fondo esta parábola, v. Un pensamiento estremecedor[22].)

Perdonar a otros los perjuicios que nos hayan ocasionado refleja nuestro conocimiento del perdón divino. Debemos perdonar a otros porque a nosotros se nos ha perdonado. Jesús murió para que se nos pudieran perdonar nuestros pecados; igualmente se nos llama a perdonar a otros cuando pecan contra nosotros o nos hacen daño. Eso demuestra semejanza a Cristo.

Lo que implica y no implica el perdón

Cuando una persona nos hace daño, sea o no con intención, Cristo nos insta a perdonarla. Para hacerlo es importante saber lo que es y lo que no es el perdón.

Hay perjuicios deliberados. Se nos agrede física, verbal o emocionalmente. Alguien nos roba, tal vez engañándonos adrede de modo que resultamos estafados o perdemos dinero, posesiones y demás. Nos traiciona un ser querido, sea cónyuge, familiar o amigo de confianza. Algunas ofensas que sufrimos son de poca monta, pero a la larga cobran importancia, si se repiten una y otra vez.

El perdón no es negar el daño o el agravio que nos haya hecho alguien. No es justificar por qué nos agraviaron ni tampoco minimizar la gravedad de la ofensa. No quiere decir que la herida ya no duela o que quede en el olvido. El perdón no es reanudar una relación sin efectuar cambios; no es recobrar automáticamente la confianza. No es desconocer o desatender la justicia, ya que a veces hay que afrontar consecuencias aun después del acto de perdón. No significa una sanación emocional instantánea.

El perdón observa el perjuicio que se nos ha hecho, admite que nos ha lastimado y decide entonces perdonar, que en realidad es la decisión de iniciar el proceso de perdonar. Entraña reconocer que la herida fue personal, injusta y penetrante, y optar por absolver a la persona o personas que te hicieron daño. El perdón es tomar una decisión deliberada de desprenderse de los sentimientos negativos que abrigamos hacia alguien que nos ha herido, dejarlos atrás de forma que la herida ya no nos afecte.

Kelly Minter lo explica así en su libro, The Fitting Room (El probador):

El perdón no es negar lo que han hecho nuestros enemigos; no es llamar íntegro algo que se ha fracturado o puro algo que se ha corroído. El perdón es encarar lo que nuestros ofensores nos han hecho, reconocer su ofensa con todas sus letras y luego optar por perdonar. No tiene nada que ver con negar el mal que nos hicieron los que nos lastimaron, pero sí todo que ver con cambiar los sentimientos que abrigamos hacia ellos[23].

A veces, antes de perdonar, preferimos esperar a que la persona que nos ha ofendido nos pida disculpas por la ofensa cometida. Queremos que esta admita que lo que hizo estuvo mal y que exprese remordimiento por haberlo hecho. Esto, sin embargo, tiene sus peros. A veces la persona no sabe que nos hizo daño, en cuyo caso nunca se disculpará. En algunos casos la persona sabe que nos ha agraviado, pero no le importa; y en otras ocasiones el individuo ya no está en nuestra vida y hemos perdido contacto con él. Si esperamos a que alguien nos pida perdón antes de perdonarlo es posible que terminemos cargando ese agravio el resto de nuestros días. No se nos insta a perdonar únicamente en casos en que se nos pidan disculpas; tampoco el acto perdonar depende de que alguien nos exprese que lamenta lo sucedido.

Existen casos en que resultamos agraviados por gente cuyos problemas nos salpican de alguna manera. Por ejemplo, los conflictos matrimoniales de los padres pueden herir a los hijos; sin embargo, no son heridas que los padres quieran infligir intencionalmente a los hijos. A veces nos vemos perjudicados por quienes cometen errores. En otros casos alguien intenta hacer algo que considera beneficioso, pero que a fin de cuentas no tiene el resultado deseado y algunas personas terminan afectadas por el desenlace. Siempre debemos perdonar a los que nos perjudican, por más que lo hayan hecho sin intención. En esas situaciones conviene recordar que así como otras personas pueden ofendernos sin querer, nosotros también cometemos imprudencias que terminan causando daño a otros, lo cual no era nuestra intención. Cuando pecamos de eso y nos hacemos cargo de lo ocurrido, naturalmente abrigamos la esperanza de que las personas a las que hicimos daño nos perdonen. De ahí que debemos perdonar de buena gana a quienes nos hayan lastimado sin intención[24].

Se da también el factor de que no todo daño que sufrimos tiene que ser perdonado. Muchas heridas que padecemos en la vida son causadas por las acciones de otras personas que no tenían la menor intención de hacernos daño. Vivimos en un mundo en que frecuentemente interactuamos con gente igual a nosotros que a menudo dice o hace cosas sin pretensión de perjudicar a otros; a veces esas cosas, no obstante, terminan ocasionando daño involuntariamente. Si bien a veces esos agravios se toman como un insulto personal, generalmente no tenían intención de herir. Esos encontrones generalmente no nos dejan heridas profundas o permanentes.

El autor Lewis Smedes ofrece un interesante ejemplo:

Hubo una vez una persona en mi vida que me hizo cosas atroces. Me gritaba sin cesar mientras cenábamos; en cualquier momento del día o de la noche me obligaba a levantarme de un salto para atenderla por muy ocupado que estuviera yo con otras cosas, y de cuando en cuando se orinaba encima de mis mejores pantalones. Por si fuera poco, se puso muy enferma y casi me vuelve loco porque no me decía qué era lo que le pasaba. Hubo momentos en que me daba ganas de darle un manotazo. Pero nunca tuve el impulso de perdonarla. [...] Era mi nena de seis meses de edad, y no me pareció necesario perdonar las barbaridades que me hacía, porque no me provocaba daño injustamente. Yo la amaba y asumía todas sus embestidas[25].

Así como no hace falta perdonar a quienes nos causan esos daños no deliberados que pueden ocurrir en el curso normal de nuestra vida, tampoco podemos perdonar cosas impersonales que nos hacen daño. Por ejemplo, no podemos perdonar a la naturaleza cuando nos lesiona. Si nacemos menoscabados de salud, belleza o inteligencia en contra de nuestros deseos, si sufrimos a consecuencia de una catástrofe natural como un huracán, si un ser querido muere de muerte natural… todos esos son sucesos que nos pueden provocar dolor; pero no podemos perdonar a la naturaleza. Ciertos ordenamientos sociales también nos pueden perjudicar; por ejemplo, un régimen económico que mantiene a la gente sumida en la pobreza, sistemas políticos que ponen a algunas personas en enorme desventaja o aparatos empresariales que tratan a la gente como un objeto y la descartan cuando ya no la necesitan. Todos estos pueden ser dañinos, pero no podemos perdonarlos, ya que solo es posible perdonar a personas[26].

El perdón es personalizado. Consiste en una persona que perdona a otra por algo que la ha herido de manera personal. Solo podemos perdonar a quienes nos han herido. Puede que nos escandalicemos del trato lesivo que alguien tiene con otras personas. Sin embargo, no podemos perdonar a quien ha cometido una injusticia con una tercera persona; solo los perjuicios cometidos contra nosotros.

Pasarlo por alto, sanarse, reconciliarse

Comprender que la Escritura nos exhorta a perdonar a la gente y decidir que hay que hacerlo es una cosa. No obstante, el acto de perdonar a una persona que nos ha herido profundamente puede ser tarea ardua y penosa. C.S. Lewis escribió: Todo el mundo dice que el perdón es una bonita idea, hasta que tienen que perdonar algo.

La palabra griega traducida con mayor frecuencia por perdón es aphiemi (afiemi), que se usa para expresar el concepto de soltar, pasar por alto o cancelar una deuda. Cuando perdonamos a alguien por algo que ha hecho, lo liberamos de una legítima deuda. Reconocemos que hemos sufrido una herida o un perjuicio, que se nos defraudó la confianza y que nuestra vida se ha deteriorado por culpa de las acciones hirientes de alguna persona. Al mismo tiempo nos hacemos cargo de que nosotros mismos también somos pecadores, que ofendemos y herimos a otros y que Dios ha perdonado nuestras ofensas. Al perdonar tomamos la decisión de dejar de abrigar el dolor, desistir de nuestro deseo de represalia y de la rabia y sentimientos negativos que albergamos hacia la persona. Ponemos a la persona y sus actos en las manos de Dios, y seguimos adelante.

Depositar los actos que nos han lesionado gravemente, y a los autores de los mismos, en las manos de Dios, significa que se los hemos confiado a Él y que podemos desaferrarnos de ellos. Ya no tenemos que vivir pensando en lo que sucedió ni por qué, toda vez que se lo hemos encomendado a Dios. Habiendo hecho eso, somos capaces de abandonar los sentimientos negativos que abrigábamos hacia la persona que nos produjo la herida, desprendernos del resentimiento y la ira y dar lugar a que empiece nuestro propio proceso de curación emocional.

Es natural sentir que al perdonar a alguien lo excusas de lo que ha hecho. No es así. Eso más bien te libera para que puedas desasirte del dolor que te produjo la ofensa y seguir adelante sin que te atormenten sin tregua los sentimientos de animadversión hacia la persona que te hizo daño. Cuando perdonamos a otros, con el tiempo generalmente comenzamos a experimentar una merma en los sentimientos negativos que albergamos contra ellos. Ahora bien, eso tampoco quiere decir que empecemos a abrigar sentimientos positivos hacia nuestros ofensores, aunque es posible que suceda y a veces efectivamente sucede.

Si deseamos continuar manteniendo relaciones con la persona que nos perjudicó, el siguiente paso, luego del perdón, es la reconciliación. Algunos maestros y autores consideran que la reconciliación es un paso que ineludiblemente se debe dar en el proceso del perdón; otros lo ven como un ideal, pero reconocen que a veces la reconciliación no es posible, en cuyo caso, los elementos clave del perdón todavía pueden estar presentes y el proceso cumplirse a cabalidad. Claro que a veces no es posible reconciliarse, porque la otra persona ya no está en tu vida. Quizá pasó a mejor vida o no tienes modo de comunicarte con ella. Puede también darse el caso de que, si bien perdonaste a tu ofensor, no es alguien con quien te sientas inclinado a continuar una relación o no es provechoso para tu vida espiritual o tu bienestar emocional. Eso no significa que no lo hayas perdonado; simplemente quiere decir que optaste por no renovar fraternidad con él por el motivo que sea.

En conclusión

El perdón es un tema complejo, con muchas aristas, que en algún momento en el futuro espero cubrir más rigurosamente. En todo caso, en el contexto del deseo de adquirir una mayor semejanza con Cristo, está claro que Jesús —por Su ejemplo y Su enseñanza— hizo hincapié en el perdón. Nos ordenó y exhortó a Sus seguidores a perdonar, y no hizo para ello ninguna salvedad. Si realmente deseamos ser más como Jesús, debemos perdonar a otros las ofensas que hayan cometido contra nosotros —con lo difícil que llega a ser a veces—, porque Dios ha perdonado las ofensas que hemos cometido contra Él.

Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo[27].


Nota

A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


[1] Lewis B. Smedes, Perdonar y olvidar (Diana/Mexico, 2004).

[2] Lucas 23:34.

[3] Éxodo 34:6,7 (NVI).

[4] Nehemías 9:17.

[5] Miqueas 7:18 (NTV).

[6] Daniel 9:9 (LBLA).

[7] Jeremías 31:34. V. también Hebreos 8:12.

[8] Miqueas 7:19.

[9] Salmo 103:12.

[10] Isaías 38:17.

[11] Isaías 1:18 (RVA 2015).

[12] Mateo 18:21,22.

[13] Lucas 17:3 (NVI).

[14] Marcos 11:25 (RVA 2015).

[15] Lucas 17:4.

[16] Mateo 6:12.

[17] Mateo 6:15 (NVI).

[18] Marcos 11:25 (RVC).

[19] Mateo 18:23–35.

[20] Mateo 18:32–34 (RVC).

[21] Mateo 18:35 (RVC).

[22] https://directors.tfionline.com/es/post/un-pensamiento-estremecedor/

[23] Minter, Kelly, The Fitting Room (Colorado Springs: David C. Cook Publishing, 2011), 90.

[24] Todo lo que quieran que hagan los hombres por ustedes, así también hagan por ellos (Mateo 7:12).

[25] Smedes, Perdonar y olvidar.

[26] Ibídem.

[27] Efesios 4:32 (NVI).